19/1/16

Estación Once, de Emily St. John Mandel


El actor Arthur Leander muere de un infarto en el teatro, mientras representa El rey Lear de Shakespeare, al mismo tiempo que una pandemia acaba con la casi totalidad de la población mundial. Jevaan Chaudhary intenta reanimar al actor y después intenta consolar a Kirsten Raymonde, una niña pequeña que lo ha visto todo. En una introducción tensa y caótica es donde nos sumerge la autora para iniciar esta novela. Después damos un salto en el tiempo y descubrimos que la Gripe de Georgia fue terriblemente contagiosa y en unos pocos días infectó a casi todo el mundo. Los supervivientes son pequeños grupos aislados que no estuvieron en contacto con humanos durante la infección. Pero un pequeño grupo de artistas recorre ciudades representando obras de Shakespeare. Ellos son la Sinfonía Viajera. Con esta curiosa y original premisa empieza Estación once, una novela sobre lo que queda cuando todo se ha perdido.

Estación once tiene ideas sorprendentes y buenas, pero creo que su desarrollo a lo largo de la novela se va enturbiando. La novela no acaba cumple las expectativas generadas a lo largo de toda la trama, y es que las ideas que plantea la autora se ven reducidas a simples problemas que quizá con una visión más amplia del problema hubieran sido más entendibles e interesantes. El caso es que para ser una novela que presenta un futuro tan negro como el que hay en Estación once, el tono tiene un regusto demasiado positivo y apostillado. El estilo de la autora en esta obra es acertado y original, incluso diría que muy bueno, y es que esto es necesario, pues Estación once huye de las escenas de acción o intriga, y prefiere mantener al lector enganchado mediante contexto, personajes y estilo. Estación once no es una novela post-apocalíptica de supervivencia, sino que se centra más en la reflexión sobre las consecuencias de este cataclismo.

Hay un debate abierto sobre si esta novela es ciencia ficción o no. Personalmente creo que sí, y no. Claramente el escenario es de ciencia ficción, pues enmarca una sociedad castigada por un cataclismo en un futuro más o menos futuro. Pero a partir de ahí la novela no ahonda en esto, sino que se centra es aspectos más humanos, llegando a ser existencialista en varios fragmentos. Y aquí radica lo más original y positivo y la vez negativo de la novela, como comentaba antes. La novela trata de mostrar que algo tan humano como es el arte nos puede ayudar a afrontar algo tan oscuro como es la extinción o un cataclismo que ha asolado a la especie humana. Es por ello que opino que es un libro difícil de vender, un libro que al lector acostumbrado a novelas distópicas o post-apocalípticas va a sorprender, para bien o para mal. Pues su narración reflexiva y pausada contrasta con la idea que uno tiene de la supervivencia en un mundo desolado.


Estación once es una buena novela que reflexiona sobre lo que nos hace humanos, sobre lo que somos y lo que nos hace ser como somos. Pero no así es una novela únicamente filosófica, sino que se trata de una mezcla cocida a fuego lento en la que el lector irá sumergiéndose lentamente. St John Mandel no tiene prisa por contar su historia, y la cuenta de forma pausada pero con ritmo, creando una atmósfera única en la que nos encontraremos parando la lectura varias veces y reflexionando sobre lo que acabamos de leer. Escenas chocantes y duras, cristalizan junto a otras de enorme humanidad. Estación once es una novela profunda que apunta directa a nuestro interior, a aquello que nos hace humanos, y nos recuerda todo aquello por lo que vale la pena luchar. Nos recuerda que debemos estar orgullosos de ser como somos. Nos recuerda que somos individuos pero a la vez somos una sociedad. Estamos ante una novela curiosa y original, de complicada lectura pero gratificante si el lector entra en el juego que propone la autora.