26/7/10

Jade




Cuando el silencio vibra y las flores lloran lagrimas de rocío, cuando los látigos del sol azotan la conciencia de pequeños animalillos. Cuando la vida se siente en cada brizna de hierba, en cada pequeña telaraña solitaria, que atrapando gotitas de agua resiste, al implacable olvido.

Solo entonces, cuando el día y la noche se dan la mano, se puede ver a las Hadas. Esos pequeños seres oníricos, bellos, frágiles y fugaces. Hace unas cuantas noches, las soñé. Y me contaron su historia, como se convirtieron en seres del bosque.

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblecito, que lindaba con un gran bosque, vivían allí unas gentes extraordinarias, fuera de lo común por su belleza, su afabilidad y su cortesía. Se amaban y se respetaban los unos a los otros como nunca nadie ha hecho. Esta gente tenia sus casas en el tronco de los arboles donde compartían con ellos sus quehaceres.

Pero un día una maldición, azoto al pequeño pueblo. Una de las pequeñas niñas que lo habitaban había entrado en la cueva prohibida, donde residía “La Verdad”. La maldición rezaba de esta forma: “Las hijas del pueblo Kayú, por no comprender La Verdad, morirán al cumplir los trece inviernos de edad, cuando la luna sea llena, dormirán para siempre jamás.”

Las gentes del pueblo, entristecidas, lloraron durante días, ya que no lograban dar con una solución. Pasaron semanas, y seguían sin conseguir nada. Pero uno de los hombres del pueblo, Kume, al ver que su hija estaba muy cerca de cumplir la edad establecida por la maldición, tomó una decisión drástica. Fue a la cueva prohibida, donde todo empezó.

Cuando Kume llegó a la cueva, lo que vio le maravilló. La roca de la cueva era toda de jade, y del interior de la gruta, deslumbraba una luz, anaranjada y verdosa muy intensa, pero que no dañaba a los ojos. No se parecía a nada que hubiera visto jamás, y por esa razón le entro miedo. Aun así, se armó de valor y pasó el umbral de la entrada de la cueva.


Una vez dentro, vio en medio de la cúpula natural que creaba la cueva, un árbol. Un árbol inmenso, gigante, demasiado incluso para permanecer en aquel lugar, o fuera de él. Kume se dio cuenta de que aquel árbol, era La Verdad, era El Árbol de la Vida. Entonces comprendió por qué estaba prohibida la entrada a la cueva. Si todo el mundo conociera aquel lugar, la codicia del hombre lo condenaría, se contaminaría y se extinguiría, cómo la llama de una pequeña cerilla. Aquel lugar había que preservarlo de la malicia.

Feliz de comprender aquel sitio y desear protegerlo, el Árbol habló: “Ahora conoces La Verdad, no llevas en tu corazón ni codicia, ni avaricia. Solo un gran amor por tu hija. ¿Qué es lo que buscas, Kume?”

Él, respondió, que buscaba una cura a la maldición de las niñas del pueblo Kayú, a lo que el árbol respondió: “Curaré su maldición, con un don y una condición. Tanto tu, como las niñas, que nazcan en Kayú a partir de hoy. Al cumplir los siete inviernos de edad, os convertiréis en los guardianes de La Verdad, de la cueva de Jade y de los bosques. De esta forma vuestra vida será eterna, pero estará ligada de forma permanente a la vida de los árboles y del bosque. A ti, Kume, se te conocerá a partir de hoy con el nombre de “Espíritu del Bosque, o Guardián del Bosque”. Y a tu hija, y a las hijas de tus hermanos se las conocerá con el nombre de
Hadas”.

Desde entonces Kume y las Hadas protegen los bosques, libres y eternos, felices. Y el pueblo de Kayú no volvió a llorar, pues sus hijas eran inmortales.


Y así fue como soñé con la verdad, y comprendí que la eternidad reside en los sueños, en la imaginación, y en los recuerdos.
Alexander Páez.











Pequeño cuento que he escrito esta mañana, en el trabajo, tratando de evadirme.