2/10/18

El libro de Joan, de Lidia Yuknavitch


Llevo dándole vueltas a la reseña de El libro de Joan desde hace semanas. Me cuesta llevar un hilo conductor sobre lo que quiero decir del libro, así que quizá comienzo con mi experiencia personal. Hace unos meses comencé a leer este libro en inglés fruto de la curiosidad y que en la biblioteca de Copenhague lo habían incorporado al catálogo de novedades. Pero en aquel momento la historia no me llamó demasiado y tras unas primeras cincuenta páginas lo dejé pausado. Cuando Alpha Decay anunció la publicación me volvió el gusanillo, sumado al estupendo diseño del libro y a que lo que publica Alpha Decay suele ser mandanga de la buena. El libro de Joan es un libro menos atípico de lo que pueda parecer. Y que esto no sea algo negativo, lo contrario. Si os da respeto o creeis que el libro no os llama, esperad a leer de qué trata, quizá cambiéis de opinión de esta novela publicada Alpha Decay y traduce Albert Fuentes.

El libro de Joan es, en esencia, una novela post-apocalíptica. La Tierra es un yermo, tras guerras y desastres naturales fruto de la codicia de la humanidad, el globo terráqueo ha dejado de ser habitable para los humanos. ¿Qué queda pues? ¿Qué opción hay para sobrevivir? Orbitar la tierra en una estación espacial. Nuestra protagonista, Joan (una suerte de Juana de Arc) es la heroína de la historia en la que la humanidad trata de reconstruir, de sobrevivir, de aprender de los errores. En esta nave llamada CIEL el pequeño grupo de privilegiados (o suertudos) que lograron escapar de la Tierra a tiempo tratan de adaptarse a los cambios de sus cuerpos tras el geocataclismo: radiación y distintas mutaciones como calvicie, palidez de piel o falta de órganos sexuales (por lo que no existe la distinción entre sexos). Esto también implica que no hay posibilidad de reproducirse y, por lo tanto, están condenados a la extinción. ¿Y cómo sobreviven en CIEL? Pues a través de unas líneas de transmisión parecidas a cordones umbilicales llamadas Líneas Celestes. Supongo que ya vais viendo las metáforas aflorar, ¿no? Además en la estación está Christine, opositora al régimen de Jean de Men, líder de la estación. Ella es cirujana dérmica y comienza a tatuarse con quemaduras palabras en su propia piel para contar la historia de Joan de Dirt, la ecoterrorista a al que quemaron en una hoguera y a quien acusan de los males de la humanidad. Y todo por abogar por una perspectiva más ecologista y pacífica.


¿Soy el único al que un holocausto planetario le parece una perspectiva futura de lo más aborrecible? No soy un gran fan de la literatura postapocalíptica, o apocalíptica. Lo paso mal, no me consuela, no me evade, me recuerda todo lo que va mal e irá mal. Me despierta las posibilidades a las que nos dirigimos de cabeza. Este subgénero de la ciencia ficción que pretende concienciar o avisar a través de la especulación cada vez me parece más premonitorio, y eso me aterra. Alpha Decay, en su edición, traza paralelismos entre Yuknavitch, Hurley y Alderman, y lo cierto es que podríamos encontrar similitudes temáticas y especulativas en cuanto a la sexualidad y la maternidad, es decir, el poder de las mujeres en un entorno extremadamente agresivo; así como la aproximación a la figura del hombre en este contexto. En el nivel estilístico es donde perdemos estos paralelismos, pues la estructura narrativa de Yuknavitch es especialmente singular, con una abrumadora expresividad y una gran imaginación

Lidia Yuknavitch lo tiene todo planeado, y la estructura destaca por estar igual de pulida que el propio estilo del libro. Todo tiene subtextos y distintas itnerpretaciones, desde las analogías claras a personajes mitológicos/históricos (Jean de Meung, Jeanne d'Arc, etc) hasta las reflexiones reproductivas, de género, de sexo hasta el propio existencialismo a nivel planteario. He disfrutado especialmente el equilibrio entre crudeza y belleza con que la autora se desenvuelve en muchísimas escenas y que gritan al lector que la ciencia ficción puede ser científica, puede ser especulativa y puede ser literaria sin ningún pudor ni problema. Destacar en esta conclusión la impresionante labor del traductor Albert Fuentes, que ha realizado un trabajo estupendo y que a mí, como compañero del gremio, me ha dejado muy buen sabor de boca. Enhorabuena. Por cierto, os recomiendo echarle un ojo a la reseña de María en In the Nevernever, a la de Ignacio Illarregui en C y a la de Isa en A través de otro espejo.