jueves, 14 de noviembre de 2013

Tres anécdotas de un viaje a Japón


El 2 de setiembre salió un vuelo rumbo a Osaka con escala en Qatar. En él iba yo junto a cinco personas más, mi compañera y cuatro amigos. ¿Qué esperaba yo de ese viaje? Sinceramente no mucho, quería encontrar las emociones allí. Quería sorprenderme, por lo que había intentado no pensar mucho en lo que me iba  a encontrar. Eso sí, tenía claro que quería una copia en japonés del último libro de Murakami. Así de friki soy.

Quiero dar unas cuantas impresiones y sensaciones sobre el viaje, pinceladas varias que no hagan muy pesado este post. Siempre recordando esta frase que me dijo un profesor de una universidad: “Viaja una semana a una cultura diferente y creerás que lo sabes todo, quédate unos meses y verás que sabes pocas cosas, quédate años y descubrirás que no sabes nada”.

Lo primero notable al llegar fue el olor y la luz. Los colores eran diferentes a lo que recordaba, o quizá estar metido 22 horas en un avión me había descolocado un poco la percepción. El caso es que note una atmósfera diferente que fuera o no real, yo la percibía de esta forma. El cielo era distinto y el verde de los árboles y el gris de los edificios era más puro y menos sucio. Era como si ese país tan antiguo se esforzará por no parecer añejo y a la vez conservar su espíritu ancestral. Quizá fuera que mi excitación jugaba con mis sentidos modificando mi percepción. Me imagino mirándolo todo con ojos de búho.

No sabría decir que me gustó más, pues guardo recuerdos muy gratos de todos los lugares. Incluso de una anécdota que recordándola divertida, pero experimentarla fue una verdadera putada. Nos levantamos aquel día a las 6 de la mañana, en Osaka, para coger un par de trenes dirección Kōyasan (en realidad fueron dos trenes, un pequeño tren que subía casi verticalmente la ladera de la montaña y un autobús.)  Una vez llegamos visitamos el lugar, sacado de una novela medieval japonesa. Creo que fue el lugar donde comí mejor. 

Cementerio okunoin.

Después de comer decidimos ir al  mausoleo de kukai atravesando el cementerio de okunoin, el mayor de todo Japón. Al llegar al templo se puso a llover. Mejor dicho, a diluviar, por lo que pensamos que lo mejor era abrir los paraguas y retirarse a la estación. En el grupo éramos seis personas. No sé cómo ni porque, nos dividimos en dos grupos y nos perdimos. Buscar a gente en un cementerio tan grande, con una lluvia tan densa, no es tarea fácil, además el roaming de las llamadas es una putada. Total que cuando ya tenía más agua en la ropa y en los zapatos que en los charcos formados en el suelo, nos reencontramos. En ese momento llovía tanto que el camino era un rio, las escaleras cascadas y no se escuchaba otro sonido que el de la lluvia. Resumiré el resto de la tortura. Pasarnos casi una hora de pie en una parada de autobús junto a un comercio del cual nos echaban a gritos por mojar la entrada. Empapar el autobús y el conductor mirarnos con odio. Subir al tren con el aire acondicionado a toda ostia (estábamos a 35ºC aproximadamente) sin nada con lo que taparnos, por lo que acabamos por medio desnudarnos antes que congelarnos. Podéis imaginaros las caras de los japoneses, tan protocolarios y modositos ellos. Y la posterior tarde secando mis botas de montaña con un mini secador de pelo.



Tiene gracia pero las pasamos putas aquel día.

Pero que hermoso era todo. La vuelta en tren se hizo corta, a pesar de dura y fría. Todos estábamos soñando con ese país.

Pasamos por Nagoya, Takayama, Kyoto y Tokyo. No os explicaré que hice cada día en cada lugar (eso no es lo importante ahora). Pero como este es un blog literario os contaré dos anécdotas más.

Atardecer en Akihabara, Tokyo. Fotografía de Àgata Casado.

En Japón las calles están llenas de comercios, y entre ellos destacan los 24h. En estos hay literatura: novelas, mangas, hentai, revistas guarras A MONTONES… Pues no se me ocurrió otra cosa que preguntar por Murakami en una de estas 24h. El pobre trabajador se puso rojo y se disculpó tanto que me sentí avergonzado. Creo que me dijo que no tenían LITERATURA en ese lugar y que lo sentía mucho.

Libreria de Kyoto.


Libreria de Kyoto.

Al día siguiente encontré una librería inmensa donde estaba toda la bibliografía de Haruki Murakami, Banana Yoshimoto, Ryu Murakami… Además de mucha literatura en inglés (The Shining Girls estaba allí). 1700¥ me costó el nuevo libro de Murakami, que son unos 15€ aproximadamente.  Salí de la librería solamente con ese libro bajo el brazo.



La otra anécdota fue que el primer día de estar en Tokyo descubrimos que en el barrio de Akihabara, la zona friki, los mangas de segunda mano se vendían a 100¥ que son unos 0,70€ o menos. Como comprenderéis me llevé muchos bajo el brazo (con control, mi maleta era limitada). Muchos de ellos eran clásicos de mi niñez y mi adolescencia que simplemente me apetecía tener en su lenguaje original.  Casi todo son primeros tomos, el primero de Bola de Drac i Bola de Drac Z (que no es nada más que el anime pasado a viñetas), de SlamDunk, de Bola de Drac a color, el primer y último tomo de Berserk (gran manga que os animo a leer, hace algunos años le hice una reseña), de Gantz, de Full Metal Alchemist y otro tomo que no sabía que era (pues iban envueltos en plástico) y resultó ser lo más friki de todo, de One Piece y los dos primeros tomos de La Espada del Inmortal.




Muchos los he regalado, dos de ellos me los perdió Correos al enviárselos a un amigo, y otros los tiene mi compañera (Doraemon y ShinChan). Por supuesto había de todo y más, pero quizá para la próxima. Me quedaron pendientes muchos que me hacían ojitos en las estanterías.


En Japón, la cultura, es barata.

4 comentarios:

  1. Las fotos molan un buen puñao, y como lector, me quedaría con las de las librerías. Debió ser una cara de WTF? ante semejante chorreo de títulos en japonés ;)

    Fer

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La verdad es que me encanta el silabario japonés y el kanji, hiragana y katakana y se me caía la baba en la librería aunque no entendiera absolutamente nada.

      Eliminar
  2. Me has hecho acordarme del día que más se me ha quedado grabado de mi propio viaje, el dedicado a rendir nuestro pequeño homenaje a dos grandes maestros del cine universal: Kurosawa y Ozu, que casualmente están enterrados en dos cementerios cercanos, en Kamakura, una ciudad situada a aproximadamente una hora de Tokio.
    La búsqueda de la tumba de Kurosawa también la hicimos bajo un buen diluvio y sin tener ni idea de en qué parte del cementerio se encontraba. Afortunadamente, el monje de la entrada se terminó apiadando de nosotros y decidió hacer la buena obra del día, así que agarró el paraguas y nos acompañó hasta la tumba. De no ser así, creo que todavía la estaríamos buscando. Por suerte, con la de Ozu todo fue más fácil: ya no llovía y teníamos indicaciones detalladas de cómo llegar.
    Así que ya sabéis, Kamakura, una visita obligada para todos los amantes del buen cine. Aunque ni en la propia oficina de turismo de la ciudad lo sepan. Y las anecdotas no vayan a ser literarias sino cinematográficas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Vaya! Estuvimos toda una mañana en Kamakura, no llegué a subir al buda. No disfruté mucho el sitio por dos cosas: estaba lleno de arañas ENORMES y demasiadas tiendas de souvenirs. Por el resto me encantó el sitio (a pesar del calor). No sabía lo de la tumba de Kurosawa, de haberlo sabido...

      Gracias por tu anécdota marcheto, ¡Podrías contar alguna más!

      Eliminar